lunes, 1 de agosto de 2016

Mascotas pixeladas


Antes de la masividad de los teléfonos inteligentes, existía otro dispositivo digital que todxs lxs niñxs y adolescentes de Argentina se morían por tener en sus bolsillos. No sacaba fotos, no servía para comunicarse con tus amigxs, no podías mirar videos ni hacer búsquedas en google con él. Pero aún así, era una sensación y era genial. 

Estoy hablando de los Dinkie Dinos -también llamados Roturaku DinoKun o Tamagotchi- pequeños aparatos que nos ofrecían la posibilidad de criar a una mascota virtual. Cuidarlo, criarlo, alimentarlo, limpiar sus desechos, bañarlo; eran algunas de las tareas que debíamos cumplir para mantenerlo con vida.

Ahora bien, vamos a mi historia. Eran los finales de los 90, Pokemon GO era solamente un sueño para algunxs, y para un niño de 8 años, poseer la tecnología que le permitiera tener una mascota que pudiera llevar a todas partes era lo más cercano a ser un maestro pokemon en aquel entonces. Recuerdo que las primeras veces que cuide a mi mascota, no lograba mantenerla con vida, por lo que mis padres pusieron a mi hermana -dos años mayor- a cargo de evitar que mi Dinkie Dino muriera. 

Ella se tomó la tarea con suma responsabilidad, ya que era una forma de demostrar la superior madurez que dos años de experiencia en esta Tierra le otorgaron. Las primeras semanas, logró con su cometido: mi mascota digital -cuyo nombre no recuerdo- crecía fuerte y feliz, llegando a etapas de evolución que nunca había alcanzado. Yo estaba contento, claro, pero quería también demostrar que era lo suficientemente maduro como para cuidar a mi Dinkie Dino por mi cuenta. Así que aproveché unas vacaciones familiares, para comunicarles a mis padres que me encargaría del cuidado de mi mascota yo solo, por la totalidad de los días que nos encontremos de viaje.   

Salimos en el auto al amanecer, así que le di su desayuno digital a mi mascota. En las horas que siguieron, me encargué de bañarlo y jugar con él. Todo iba sobre ruedas. Llegó la hora del almuerzo, así que paramos para comer. Nos sentamos en la mesa de un comedor familiar, y antes de que los humanos almorzaramos, le di al Dinkie Dino su almuerzo. Una vez que lo hice, lo puse sobre la mesa, y procedí a comer.  

Ya de vuelta en el auto, estaba meditando acerca de lo responsable que estaba siendo, dándole las comidas en tiempo y forma. Satisfecho conmigo mismo, me acomodé para dormir. Antes de conciliar el sueño, mi hermana me preguntó si había recogido los desechos virtuales del Dinkie Dino, tarea que había que realizar tiempo después de alimentarlo. Toqué mis bolsillos y no sentí nada, en ninguno de ellos. Sabiendo lo que significaban mis gestos de preocupación, mi hermana me preguntó maliciosamente "¿Lo perdiste?". Le respondí: "No, sé exactamente dónde está: en la mesa del restaurante.

Cabe aclarar que mis padres tuvieron la amabilidad de volver a buscarlo; que el Dinkie Dino solamente murió definitivamente al acabarse la batería, no por falta de cuidado; y que soy mucho mejor dueño de mascotas reales que de las digitales.


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